El Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango se llevará a cabo del 7 al 11 de agosto próximo. Uno de los promotores y fundador de este cónclave es Marvin Samuel García Citalán, de profesión gestor cultural; en esta entrevista nos cuenta quién es y por qué lo hace.

 Por Adrián Velásquez/La Prensa de Occidente / Fotos de David Pinto /Club Fotográfico de Xela

La entrevista se hizo en un corredor de Casa No’j entre las actividades de la Feria del Libro. Esperé a Marvin García dos horas, la cita era a las tres y hasta las cinco llegó. Finalmente, comenzamos a conversar.

“Mis orígenes son mayas quichés urbanos; toda mi familia, hasta donde tengo registro, es de Quetzaltenango. Dos generaciones anteriores provienen de Totonicapán y he crecido aquí en Xela. Mis abuelos paternos eran del barrio La Transfiguración y mis abuelos maternos de El Calvario. Yo crecí por El Calvario, estoy dividido en estos dos grandes lugares que están habitados por comunidades quichés”, así Marvin comienza a contar su historia de vida.

Marvin García, de 35 años, tiene cuatro libros de poemas de su autoría: No somos los mismos (editorial Catafixia, 2010), Solamente el cielo (editorial Vueltegato, 2011), El tiempo no se vende (editorial Casa de Poesía y Editorial UCR 2012) y Las raíces de la nostalgia (editorial Cultura, 2017).

“Nací en 1982, en la época más dura de la guerra. Estudié en un colegio que se llamaba Montesori, está aquí en la 4ª. calle, el cual de Montesori no tenía absolutamente nada. El básico, una parte en el Liceo Guatemala y otra en el colegio La Patria, ahí fue donde terminé el diversificado.

¿Le gustaba ir al culto?

“No, a pesar de que yo vengo de una familia evangélica ultraconservadora”.

El salto del Liceo Guatemala al colegio La Patria y la influencia familiar, ¿cómo fue?

“Como un golpe. Al final, eso me ayudó un poco a expandir mis ideas, salir de la doctrina evangélica pentecostal de mi casa, caer a la salesiana y aterrizar nuevamente en la pentecostal; le da a uno un panorama amplio de cómo se maneja la religión cristiana en Xela. Creo que ese tipo de colegios son los que sostienen muchas cosas malas de Xela, como la estructura social”.

¿En qué religión se quedó al final?

“Yo renuncié a la religión cristiana, afortunadamente, hace muchos años. Era como el gran paso para empezar a descubrirme realmente, así como mi trabajo, tanto en lo literario como en lo que tiene que ver con la gestión cultural; es una búsqueda de mis orígenes, yo así lo defino. Y si no me hubiese quitado la venda de la religión, probablemente hubiera estado combatiendo por otros lados. Así que dar el gran paso y salir de esa estructura religiosa marcó mi vida hasta este momento”.

¿De qué se graduó y cuál es su profesión?

“Yo me gradué de bachiller en computación, luego empecé a estudiar Derecho en la Universidad Rafael Landívar porque tampoco hay oferta académica en Xela. Siempre quise estudiar algo que tuviera que ver con lo humanístico; pensaba mucho en antropología y letras. Siempre tuve claro que mi camino no era irme a la capital, no quería repetir ese ejercicio que generalmente se hace. Tomando en cuenta esa decisión, estudié ciencias jurídicas; cerré la carrera, pero no estaba convencido, así que la abandoné. A partir de allí, empecé a involucrarme en la gestión cultural.

El Festival Internacional de Poesía de Quetzaltenango se realizará del 7 al 11 de agosto próximo en Quetzaltenango y varios departamentos del país.

¿Cómo fue el inicio en la cultura?

“Empecé a buscar becas y a trabajar en la gestión cultural, así comencé mi camino. Veía que era importante la profesionalización cultural, pero todo se quedaba en diplomados. Logré tener una licenciatura en la Universidad Da Vinci; fue muy visionario, me atrevo a decirlo. Un grupo de 35 personas de todo el país que empezamos la licenciatura, al final solo cinco nos graduamos. Tengo el grado de Licenciado en Gestión Cultural, solo somos cinco en todo el país”.

¿Qué le hizo ser gestor cultural?

“Tuve la suerte de conocer a Julio Serrano, el poeta de Xela. Estudiamos juntos en el Liceo Guatemala y empezamos a interesarnos por la literatura. A los 15 años ya leíamos poesía; desde ese momento esta me marcó definitivamente y empecé a conocer cómo era una lectura de poesía y qué grupos había en ese momento en Xela. Era entre 1999 y 2000, recién pasaban cuatro años de la firma de la paz y se empezaban a escuchar cosas sobre cómo debería ser el ejercicio ciudadano, así que me empezó a interesar y fue como aterricé en la gestión cultural”.

¿Dónde empezó su labor tal cual?

“Cuando abandoné la licenciatura en la Landívar, apliqué a una beca de la Cooperación Española, en Antigua Guatemala, para estudiar gestión cultural. La beca la dieron a diez personas y estudié dos años, eso fue lo que me abrió el panorama; puedo decir que la cultura y el arte, afortunadamente, me han marcado profesionalmente. Es mi vida y ambas me han dado muchas experiencias del lado afectivo, y me han ayudado a comer. Estoy totalmente involucrado en la gestión cultural y creo que el país necesita pensar desde otras formas, necesita reconciliar su pasado, necesita entender su futuro, necesita muchas cosas, y todo eso tiene para mí una base desde la cultura, que es el gran espacio de donde nace todo”.

¿Cuál fue el poema que le hipnotizó y de qué autor?

“Me llamó la atención el libro Azul de Rubén Darío; me gustó y pareció interesante. También encontré la obra de Neruda, fue una de las primeras que yo compré. Hay algo que recuerdo ahora, es muy importante: cuando tenía 16 años, ADESCA apoyó un taller de creación literaria que impartió Enrique Noriega, fue un taller maravilloso; estoy hablando de hace 15 años. Uno de los poetas que me marcó al verlo y escucharlo fue Otoniel Martínez; ver al poeta leyendo su libro Para clavecín y estrella. Terminando el taller, fui a conseguir un ejemplar. Me empecé a ilusionar, comencé a creer que a través de la poesía uno puede construir otros mundos, fue así como hasta el momento sigo prendido de la literatura”.

¿Para usted qué es la poesía?

“La poesía es la búsqueda de la sensibilidad y de la intuición. El hecho poético tiene que ver con la intuición, la interpretación de la realidad, independientemente del cliché de que el poeta es un enamorado. La poesía tiene que ver con la espiritualidad, es una interpretación de las cosas, puede ser con cualquier cultura… El respeto al otro, el respeto a la naturaleza, tener claro de dónde venimos y hacia donde vamos. Uno nunca va a poder responder qué es la poesía ni para qué sirve, pero hay que tener claro que es un ejercicio que puede servir para el espíritu”.

Pero no a toda la gente le gusta…

“Es la forma en que nos la han presentado. La poesía que se enseña en las escuelas, no solamente en Guatemala sino en el resto del mundo, es una visión muy cuadrada y eso hace que la gente le tenga miedo. Si nos enseñaran la poesía desde la búsqueda de la sensibilidad, apostaría que habría muchos más poetas en el mundo”.

¿Usted es más poeta o gestor?

“En este momento soy más gestor, y me entristece mucho decirlo, porque sí tengo necesidad de la palabra para escribir; leer sí lo hago todo el tiempo, pero no me pagan por ser poeta, aunque sí por ser gestor”.

¿Qué lo inspira escribir y en qué momento?

“Más allá de la palabra inspiración, la poesía es un trabajo; ser poeta es un oficio permanente. Mi obra está basada en lo vivencial y todo mi discurso tiene que ver con redescubrir mi origen. Estoy en una búsqueda profunda de mis raíces, de conocer de dónde vengo, entender la historia de cómo me permeo a mí a través de mi familia. Toda mi obra va pensada en una forma de reconciliarme con mi pasado. Los tres libros han sido bajo ese mismo eje, son como capítulos; el último se llama Las raíces de la nostalgia y es sobre lo que nunca me atreví a hablar; por ejemplo, que mi papá era militar o sobre la relación de mis abuelos, que nunca fue buena. Estoy redescubriendo mi identidad. Yo me defino como una persona maya quiché, definirme y asumirme así significa un compromiso para entender y saber si en realidad lo soy”.

“A la gente se le hace extraño pensar que soy hijo de un soldado y ahora soy poeta”.

¿Qué grado militar tuvo tu papá?

“Estaba en los grados más bajos, perteneció a un grupo de especialistas del Ejército”.

¿Eso le molesta ahora?

“No me molesta, al contrario. A la gente se le hace extraño pensar que soy hijo de un soldado y que ahora soy poeta. Mi papá tuvo que hacerlo porque no tenía otra alternativa. Mi mamá era ama de casa. Yo vengo de una familia muy humilde. Más en un país tan clasista, asumir esas cosas que en otros lugares no significan mucho, pero en Guatemala sí, sobre todo en Xela; en una sociedad tan conservadora decir estas cosas abiertamente dentro de algunos grupos puede provocar ciertas reacciones. A la mayoría de la gente en Xela no le gusta hablar de su familia cuando viene de un origen humilde o de poca escolaridad, o cuando los papás han sido obreros. Yo vengo de un contexto así; así que mi trabajo a través de la poesía es reconocer abiertamente eso, y de lo cual me siento muy orgulloso”.

¿Cómo se define? ¿Humanista, de izquierda, de derecha?

“Políticamente pateo más a la izquierda. Creo que el Estado debe dar las condiciones para que se generen empresas que sean de alguna forma conscientes de que no tienen que acumular toda la riqueza, sino generar condiciones dignas para sus trabajadores. Considero firmemente que así debería ser la construcción de este país.

¿Y el papel de la cultura?

“En Guatemala debe ser el de crear ciudadanos conscientes, ciudadanos que crean y aporten en su entorno, respetando la diversidad, entendiendo que somos un país con varias culturas. Desde ahí asumo que hay que fortalecer al Estado”.

¿Qué es un gestor cultural?

“La definición de gestor cultural es nueva, nace después de los Acuerdos de Paz. Es una persona que trabaja para fortalecer los valores de una comunidad, lo cual también se puede hacer desde el arte, el deporte, desde la espiritualidad; que básicamente sirva para cohesionar y crear comunidad y espacios donde haya convivencia; ese es el papel del gestor, ese sería un gestor cultural ideal en el contexto guatemalteco.

¿Cómo nace la idea del Festival Internacional de Poesía?

Octavio Paz lo venía haciendo en México desde los años sesenta. Anna Ajmátova, poetisa rusa, y de mis preferidas, con un grupo de poetas iba a los hospitales a leerles poesía a los enfermos. Los años noventa, en el Festival de Poesía de Medellín, que es el festival más grande; en ese momento un grupo de poetas se reunió y en medio de la guerra con el narcotráfico se empezaron a hacer actividades de lecturas. Así creció este formato, que se hizo popular en todo el mundo. Xela, que tiene una historia y tradición cultural poética muy importante, no podía quedarse atrás. Carmen Lucía Alvarado, Julio Serrano y tu servidor decidimos hacer un Festival de Poesía, el cual se realiza desde 2001. Se interrumpió dos años, pero yo lo retomé y desde entonces no se ha dejado de organizar”.

 

¿Qué novedades tenemos?

Es la edición 14 del festival. Hacerlo 14 veces continuas no ha sido tarea fácil. Este año está dedicado el grupo Nuevo Signo, que cumple 50 años de fundación, así como a las personas migrantes desaparecidas.

¿Solo en Xela o cuál es la temática?

“Tiene alcance en siete departamentos del centro y el occidente del país. Para este año se invitó alrededor de 40 poetas de diferentes partes del mundo. Y se presenta en espacios diferentes. Lo que se pretende es que la poesía llegue a lugares no convencionales y que se baje esa idea de que es como lo sublime y que solo es para un grupo. Que más bien la poesía es un ejercicio en el que pueblo participa, así que se lleva a cabo desde universidades, centros culturales, en el teatro, cárceles, espacios de grupos de la sociedad civil organizada, en calles”.

“Me defino como una persona maya quiché; definirme y asumirme así significa un compromiso para entender y saber si en realidad lo soy”.