Marvin García / @marvinsgarcia

En su columna de opinión, el escritor Méndez Vides, hace algunos unos años, habló sobre la célebre obra de Arévalo Martínez El hombre que parecía un caballo, fechada en 1914 y que está inspirada en la profunda impresión que significó conocer al escritor colombiano Porfirio Barba Jacob durante su breve estancia en Quetzaltenango, escapando de la Revolución mexicana; en la misma columna, llama la atención la anécdota en la que se cuenta que cuando Barba Jacob dejó Quetzaltenango le preguntaron qué era lo que más le había gustado de la ciudad neoclásica, y él indicó que el camino de salida para irse para siempre.

Este año, en México se está celebrando los cien años de la llegada del artista Carlos Mérida, país en el que realizó la mayor parte de su obra y en el que su legado se conserva. Mérida nació en Quetzaltenango el 2 de diciembre de 1891, donde estudió hasta el bachillerato y dio sus primeros pasos en el mundo del arte, tuvo como maestro musical a Jesús Castillo, que además, le presentó el mundo desde la visión del pueblo quiché que marcó su obra.

Como parte de las actividades que conmemoran la llegada del artista quetzalteco a México, el Instituto Nacional de Bellas Artes del vecino país dedica una extensa muestra a Carlos Mérida, “Retrato escrito”, exposición que se construyó sobre la documentación personal de Mérida, poniendo énfasis en su autobiografía inédita.

En la misma, Mérida cuenta detalles sobre la decisión de marcharse de Quetzaltenango, su estadía en la capital, su viaje a Europa junto a Carlos Valenti, su paso por Francia, en donde conoció a Diego Rivera, entre otros grandes artistas de aquella época, para finalmente instalarse en México.

Mérida y el colombiano Barba Jacob son dos ejemplos de artistas que han nacido en esta ciudad o que han pasado alguna temporada y ven la necesidad de marcharse, si hacemos un recorrido por la historia hasta nuestros días, encontraremos que la mayoría de las y los pensadores más importantes han tenido que buscar otras realidades para continuar en su proceso de formación y creación.

Quetzaltenango hasta el momento no cuenta con infraestructura que incentive la creación local en términos artísticos, no posee recursos académicos, espacios físicos ni voluntad política que puedan ser usados para fomentar nuevos pensadores y pensadoras, artistas, académicos, intelectuales. La conciencia de un pueblo se mantiene a través de esa fibra humana que el arte logra traducir muy bien, las sociedades que no se preocupan realmente en salvaguardar su conciencia y su conocimiento están condenadas al olvido, Quetzaltenango no es la cuna de la cultura ni del arte, es nido de brillantes aves migratorias que se van para no volver jamás.

“Quetzaltenango no es la cuna de la cultura ni del arte, es nido de brillantes aves migratorias que se van para no volver jamás”

 

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