Leonardo Da Vinci en algún momento dijo: “para exponer la verdadera ciencia del movimiento de los pájaros en el aire hay que empezar por exponer la ciencia de los vientos (…) El pájaro es un organismo que obra según las leyes matemáticas; el hombre puede construir un organismo igual, dotado de los mismos movimientos, aunque de menor potencia y capacidad para mantenerse en equilibrio. Diremos, pues que a tal instrumento fabricado por el hombre solo le faltaría el alma de pájaro, la cual debería ser remendada por el alma del hombre”.

Fotos David Pinto/Produce A. V.

Por Marvin García/Colaborador La Prensa de Occidente

Para entender de mejor forma lo que la maestra Vanesa Rivera ha hecho durante el tiempo que lleva en la administración del Teatro Municipal de Quetzaltenango, hay que imaginar que ese espacio es una suerte de pájaro y que ella se ha dedicado de la forma más humilde y paciente a darle un alma, a sacarlo de su jaula y enseñarle la mágica fortuna de tener alas.

Hay pocas personas que entienden la complejidad del fenómeno poético y ella lo entiende; esa claridad estética y sensorial, sumada a un alto compromiso social le hicieron ver hacia su Quetzaltenango (que tanto duele y un poco más se ama) y regresar a cumplir la responsabilidad de dejar una ofrenda en el alma y en la historia de esta ciudad amurallada por montañas y volcanes.

Mientras conversamos, sentados en una de las ventanas del teatro desde donde se pueden ver las láminas desteñidas de las casas de la zona 1, mezcladas con el cielo que para marzo es azul y profundo; Vanesa sonríe, sus ojos brillan y dejan ver la ilusión que representa resignificar el pasado y procurar un mejor futuro, su voz inunda los pasillos de madera que han sido testigos silenciosos del pasar del tiempo. Esta es una semblanza de la vida de la bailarina y actual directora del Teatro Municipal de Quetzaltenango. 

Nacer en movimiento

La danza, una de las primeras expresiones de la humanidad, representa movimiento, apropiación del espacio; para que pueda darse tiene que haber movilidad, un ir y venir, y fue así precisamente como Vanesa llegó al mundo, en movimiento; en un viaje a San Felipe Retalhuleu, su madre dio a luz dentro de un picop en alguna parte de la carretera que de Quetzaltenango conduce a la costa sur. Coincidentemente su nacimiento es similar al de Rudólf Nureyév, bailarín soviético: considerado como uno de los mejores del siglo XX. Él nace en un tren durante un viaje a Siberia. La danza entonces se abre paso entre el camino; Vanesa vino al mundo en pleno ejercicio del movimiento.

La idea de ser bailarina siempre la trajo consigo, herencia de su tatarabuela que dentro de las crónicas de la danza teatral en el país se registra como la primera mujer que bailó ballet. Durante su niñez, en algunas reuniones familiares su abuelo acostumbraba interpretar el órgano y su abuela lo acompañaba cantando boleros. La pequeña Vanesa bailaba y mientras lo hacía, descubría en ese ritual la certeza de su destino. Sus ojos de niña se impresionaron con la primera presentación a la que asistió en el Centro Cultural Miguel Ángel Asturias: los solistas del Bolshói. Con el apoyo de sus padres inicia a los 9 años su preparación y tres después ya era maestra de danza de varias niñas quetzaltecas. Su interés por la formación y la ausencia en la ciudad de una academia profesional de danza la hicieron buscar otros espacios de formación, que encuentra a raíz de una gira del Ballet Nacional por estas tierras. 

Seguir en movimiento (de Xela a Milán)

Su búsqueda la obliga a mudarse a la capital, se gradúa con honores de la Escuela Nacional de Danza (END). Estudia tres años la carrera de odontología, la que abandona para dedicarse por completo a su verdadera vocación. Giras por Centroamérica, invitaciones a formar parte de varias compañías, su rol como maestra en la END, en donde crea el programa de formación infantil; su paso por el Ballet Nacional y una beca a Cuba marcaron esos años. La niña que bailaba acompañada por la música de sus abuelos, la niña que veía los videos que su padre le grababa con las mejores coreografías, se abría paso en este mundo diseñado para dejar los sueños.

El Teatro alla Scala, ubicado en Milán, Italia, es uno de los más famosos del mundo. En 1813, el teatro fundó la Scala Theatre Ballet School, a manos de Benedetto Ricci, y cuyo objetivo era cultivar nuevos talentos en el área de la danza, entre más de 300 artistas de la danza que buscaban uno de los 15 espacios para poder estudiar, Vanesa logra destacar durante un mes de pruebas y así convertirse en la primera latinoamericana en ser parte de esta importante escuela europea. Durante tres años en un proceso disciplinado de estudios, se abre paso en aquella ciudad que la fue reconociendo también como maestra en varias escuelas. A pesar de sufrir en algunos momentos de discriminación por parte de algunas de sus compañeras de estudio, su entrega, talento y persistencia hicieron de su paso por Italia el escenario perfecto para consagrarse.

Hubiese sido fácil para Vanesa quedarse en Milán, las condiciones para el ejercicio profesional de la danza de aquella ciudad en relación a la realidad en Guatemala son abismales, pero la promesa que le hizo a su madre de estar fuera de Quetzaltenango solamente un año y el compromiso de generar espacios profesionales y serios para la danza pesaron más y por eso regresó.

Durante su nueva etapa en Guatemala, trabaja en la compañía de danza contemporánea de la Universidad Rafael Landívar, baila de nuevo junto al Ballet Nacional y tiempo después se convierte en profesora. 

Del teatro alla Scala al municipal de Quetzaltenango

Aquel año que prometió estar fuera de su casa se convirtió en 25 años: un camino que la llevó por ciudades, por maestros, personas, escenarios que se convirtieron en las anécdotas que llenan su memoria. Para un artista salir a otras realidades se convierte en una responsabilidad, no hay nada más enriquecedor que conocer otras visiones de la vida, otros imaginarios. Irse de Guatemala ha sido para varios artistas la única alternativa, el exilio no es una palabra desconocida, la precariedad para el ejercicio artístico también es razón para salir. Vanesa volvió, su conexión con su familia, su ciudad y su territorio siempre estuvieron presentes. Por aquellas confabulaciones cósmicas que no entendemos, el plan de establecerse en Quetzaltenango junto a su esposo, el músico Martín Corleto, el año 2020 se adelantó gracias al ofrecimiento para ser la directora del Teatro Municipal de Quetzaltenango, decisión que cambiaría la dinámica cultural de la ciudad.

El Teatro Municipal de Quetzaltenango, joya arquitectónica construida a finales del siglo XIX, representa para la región uno de los símbolos más importantes de la pujanza económica de aquella época, producto entre otras cosas de la siembra del café, pero también ha sido un punto importante para el encuentro en la dinámica social de la ciudad, a pesar de ser la única edificación construida específicamente para la promoción de arte, esta quedó en uso de ciertos sectores que no se preocuparon por darle vida. Por esa razón, la llegada de Vanesa puede ser considerada como la etapa más activa en la historia de ese recinto.

Regresar fue siempre buscar la raíz, encontrar lo más profundo, aquello que no tiene que ver con la riqueza pensada desde la generación de dinero, sino con el saber, la paz y la búsqueda plena de la vida. Su abuela siempre decía “donde naces, floreces”, y esa frase ha sido de alguna forma una especie de faro o de luz que le indica el camino, que para Vanesa es como en el poema de Ak’abal “un caminar al revés”, y eso se intuye cuando se atraviesa la puerta del teatro, cuando se camina por sus pasillos, cada vez que se abre el telón y se apagan las luces, y ese instante de oscuridad es superado por la forma y la vida que nace del escenario y todo se transforma entre aplausos y asombro. Por primera vez, un cuerpo de baile conformado por mujeres de diferentes edades ha nacido en la ciudad, por primera vez el presupuesto al funcionamiento del teatro ha aumentado (el que debería ser más), por primera vez hay un equipo técnico; el teatro tiene vida, se está resignificando y esos procesos son difíciles, pero necesarios.

La maestra Vanesa Rivera, la bailarina de pelo negro y ojos profundos, la salvaguarda del teatro, florece como debería florecer todo. El teatro está en buenas manos, la danza en Xela pasa por su momento más próspero, la historia lo contará con el tamaño que se merece contar las hazañas de artistas de la calidad de Vanesa, la enorme mujer que le remendó el alma al teatro quetzalteco.

 

La maestra Vanesa, la bailarina, la salvaguarda del teatro, florece como debería florecer todo, el teatro está en buenas manos… 

El Teatro alla Scala, en Milán, Italia, es uno de los más famosos del mundo. En 1813 se funda La Scala Theatre Ballet School, y Vanesa destaca en las pruebas y se convierte en la primera latinoamericana en ser arte de esta escuela europea.