Joseph Albino Ixtacuy Santay, de 29 años, la nueva perla del taekwondo nacional, quien recientemente obtuvo oro en el Open de México y aseguró su plaza en Lima, Perú. Se ha ganado el cariño y la admiración de un buen número de guatemaltecos, quienes desconocen lo difícil que ha sido su crecimiento. A continuación, Joseph comparte su historia con los lectores de La Prensa de Occidente.

Por Stuardo Calderón/La Prensa de Occidente  – Fotografías: David Pinto

¿Cómo surgió la idea de practicar este deporte?

Soy originario de Cantel y a los 8 años me inicié en las artes marciales con Lima Lama, que es un sistema diferente al polinesio. Fueron de ocho a diez años para llegar a ser cinta negra. Posteriormente logré el primer Dan; actualmente soy segundo Dan. Desde ahí comenzó todo, mi papá siempre practicó artes marciales, algunos de mis tíos también, viene de familia. Él entrenaba en casa y yo me ponía a la par. De niño me encantaba ver a Bruce Lee; verlo en la televisión me inspiró. Puse mi gimnasio en Cantel, pero la gente de allá fue muy cerrada conmigo. Decidí venir a Quetzaltenango; tengo 18 años en esto. En 2017, la Federación Nacional me contactó y empecé a meterme de lleno en el taekwondo.

¿A qué se dedicaban sus progenitores?

Mi padre tenía una zapatería y mi madre era ama de casa. Por necesidad económica mi papá tuvo que emigrar a Estados Unidos; yo tenía 9 años, él se fue y yo entré a las artes marciales. Gracias a él pude apoyarme bastante en esto. Éramos seis hermanos.

No pude concluir el colegio, llegué hasta básico. Cuando me incliné por el deporte hubo una discusión en mi familia, pero a mí me encantó esto; siempre tuve los pies sobre la tierra y la fe en Dios, de que iba a desarrollarme como atleta. Ahora me ven acá como medallista, pero no tienen la más mínima idea de lo que hay detrás de mí, de todo lo que he pasado para llegar hasta aquí.

¿Cómo fueron sus inicios?

Cuando comencé tuve que regalar mis clases a mi familia y amigos, con tal de llevar gente. Di clases en el Complejo Deportivo de Xela, armaba coreografías para colegios, los cuales a veces ni me pagaban, pero a la larga no me rendí. Fui a Estados Unidos con lo poco que pude reunir del gimnasio, pero no quise quedarme; algo dentro de mí me decía que mi futuro no era allá. Estuve con algunos actores famosos, viajaba constantemente para especializarme. Pude perfeccionar el triking, karate y acrobacia. Con esto la Federación me contactó y me ofrecieron la opción de representar a mi país y encontré la oportunidad que necesitaba para brillar. Ya con boletos pagados, comida, hospedaje y viajes pude explotar mi talento. 

¿Qué obstáculos encontró en el camino?

En mis exámenes para superar cada grado; llegó un momento en el que mi papá ya no pudo apoyarme, tenía que estudiar los fines de semana y trabajar en la zapatería que él dejó y también en el campo. Hubo días en los que no tenía para el pasaje; entrenaba seis horas seguidas, de las 14:00 a 20:00 horas. Para venir a Xela me veía en la necesidad de bajar y subir de Cantel en bicicleta. A veces no tenía dinero y no almorzaba, solo contaba con dos quetzales para comprar pan y eso era mi alimento.

¿Dudó en lograr conquistar sus sueños?

Llegué un día a preguntarme a mí mismo: “¿Estará bien lo que estoy haciendo?, ¿escogí mal?”. Las dudas empezaron a surgir porque invertía mucho y no veía los resultados. El tiempo pasaba, veía a mis amigos, ellos me decían: “Vos, ya me gradué. ¿Podes venir a mis actos? Mirá, estoy en la universidad”. Yo me preguntaba: “¿dónde estoy?, ¿qué he hecho de mi vida?, ¿y si hubiera seguido mi carrera?”. Fueron muchas cosas, pero llegué a la conclusión de que no tenemos dos vidas para poder remediar las cosas malas que uno hace en esta, por eso hay que tratar de vivir bien. Decía dentro mí: “No lo hago por dinero, lo hago porque me gusta, porque es mi sueño y debo perseguirlo”. Todos me cerraron la puerta, en la Municipalidad de Cantel, en el gimnasio del Centro Intercultural también. Alguien me dijo: “Cuando uno triunfa hay muchas madres, pero en la derrota, uno es huérfano”. No bajé los brazos y aunque sea bajo un arbusto, yo seguí entrenando. Por eso valoro lo que tengo y mi trabajo, porque me ha costado mucho.

“Me cerraron las puertas, la Municipalidad de Cantel, en el Centro Intercultural. Alguien me dijo: cuando uno triunfa hay muchas madres, pero en la derrota uno es huérfano”.

¿Qué marcó su infancia?

La partida de mi papá. Esos 14 años distanciados de él me impidieron tener una infancia normal como cualquier niño. Veía cómo mis compañeros de escuela abrazaban a sus papás en el Día del Padre, en los cumpleaños familiares; lo necesitaba. Hay edades en las que uno depende de los padres. Él me decía que se iba por superación, pero uno no entiende eso de niño; hoy en día puedo decir que valió la pena todo. Hace dos semanas regresó. Tuve la oportunidad de verlo allá en mis viajes, le hacía reclamos al principio; había muchos sentimientos encontrados, pero luego comprendí todo. Estoy satisfecho porque lo que soy, en parte se lo debo a él.

¿Cuál ha sido el momento más feliz de su vida?

Cuando me dijeron que iba a graduarme y obtener la cinta negra, valió la pena el esfuerzo, los entrenos, los golpes en los combates, las lágrimas, la disciplina. Creo que la satisfacción fue enorme, era mi título, mi diploma, sabía que eso me iba a llevar lejos. Viajar a Estados Unidos fue otro momento; entrar en el avión, ver la gran ciudad con la libertad de comer y comprar lo que quería, era uno de mis sueños también, estaba con la suerte de estar como turista, fue un momento único.

Nadie es profeta en su tierra. Para usted, ¿qué significa Quetzaltenango?

Me siento orgulloso de Cantel, crecí en una familia humilde, no me avergüenzo de eso. Xela me abrió las puertas, amo esta ciudad. A pesar de que han intentado hacerme sentir menos porque, según ellos, vengo de un pueblo; jamás me avergüenzo, porque acá nacen los campeones. Podemos observar grandes ejemplos como el gimnasta Jorge Vega. Me identifico mucho con él porque son historias similares. Él salió de un pueblo, lo encontraron y apoyaron. También están Érick Barrondo, Ana Sofía Gómez; todos surgen de un departamento y sí aprovechan las oportunidades.

¿Su mayor satisfacción?

Subir al podio y escuchar el Himno Nacional de Guatemala es un sentimiento inexplicable, se derraman lágrimas y queda la satisfacción de decir “aquí está la bandera de mi país”.

¿Cómo fue su experiencia en Seúl, Corea del Sur?

Ese viaje fue el año pasado, recién cuando ingresé a la Federación Nacional. Fue una experiencia única. Ir a otro continente es un privilegio, un boleto cuesta entre Q32 mil y Q40 mil. Entrené con varios maestros reconocidos. Las calles, la gente, la cultura es diferente. Ellos son muy sanos con su alimentación, no consumen comida rápida y casi no hay restaurantes de ese tipo. Emplean muchos vegetales y arroz, que siempre acompaña las comidas, tales como caldos. Casi no consumen carne. Ellos realizan los tres tiempos de comida de una forma muy balanceada.

¿Cuál es su meta a corto plazo?

Mi sueño es estar en Tokio 2020. Ya tengo 29 años y creo que debo aprovechar lo que resta. Quiero ganar experiencia y cuando termine mi carrera como atleta, quedarme como entrenador. Ahorita soy entrenador de triking en la capital; veo lo acrobático. Me encantaría preparar equipos en el extranjero y seguir con mi gimnasio en Xela. Acá está mi novia, mi gente; es satisfactorio ver cuando mis niños entran y me saludan e incluso me piden fotos, es una alegría enorme; quiero expandir lo que soy y lo que hago.

De llegar a la Federación, ¿qué cambios realizaría?

Haría una audición para seleccionar a deportistas que realmente merecen representar a nuestro país. Tristemente, todo está centralizado y si no provienen de una buena familia o tienen contactos, no son tomados en cuenta. Creo que es más que evidente que las personas que venimos del interior somos las que más producimos resultados y para mí esa sería la prioridad, cambiar esa perspectiva racista que aún prevalece.

Para concluir, ¿cómo llega a los Juegos Panamericanos?

Con buena energía y en gran forma. Entreno todos los días. Ya vi quiénes van a ser nuestros rivales; México es el más duro, luego Canadá y Estados Unidos, pero son contrincantes que ya he derrotado. No dependerá solo de mí, acá es una competencia en equipo. Se evalúa la mejor presentación, seguridad, música, gestos técnicos, patadas, movimientos de cadera, la coordinación, la sincronización de la música con nuestros movimientos, la creatividad, el uniforme; el corte de cabello debe ser igual, el equipo debe ser uno mismo. El tatami tiene una longitud de 12 por 10 metros, hay ciertas áreas que no podemos pisar y no podemos pasarnos de los 70 segundos, de lo contrario, nos restan puntos. Nosotros nos consideramos actores, nos gusta hacer algo diferente, sorprender a todos con algo nuevo.

“México es el rival más duro, luego Canadá y Estados Unidos, pero son contrincantes que ya he derrotado”.

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