Fran Lepe

Vaya señores, ya cayó el primer porrazo; no hablo más que de la lluvia, no me piense comentarista de noticias económicas o editorialista político, que ahí los porrazos son a cada rato y tan devastadores que hasta nos han vuelto insensibles. La vacuna consiste en acostumbrar al cuerpo a los virus de la enfermedad para que esta ya no se perciba, así que bien vacunados por estos sátrapas (búsquelo en Google, sea interactivo como todo en estos tiempos y luego critíqueme por no haberlos llamado simplemente ratas), ya no mucho vale la pena sensibilizar sobre sus orgiásticos desmanes.

Yo hoy hablo de la lluvia.

Antes poesía y hoy peligro, bendición de paz para la tierra y hoy tormenta, lavada de cara para la ciudad y hoy inundación devastadora.

Nos hemos hecho mucho daño y el cielo se queja; granizo en mayo, el río Xequijel que llevó tragedias de sangre, hoy lleva tragedias de plástico y la inepta medida de la injusticia. El pueblo que nunca sopesó la capacidad de una laguna de volver a ser laguna, que nunca volteó a ver más allá de su bolsillo como para invertir en tragantes, ductos y desagües, porque están bajo tierra, y entonces no pesan políticamente tanto como un paso a desnivel que igual se inunda.

Licencias de construcción más, licencias de construcción menos; la ciudad excedió hace mucho su capacidad de evacuación de aguas pluviales y el río tiene que correr, señores; este estaba aquí siglos antes que nuestras casas, pero nos importó menos de lo que ahora le importamos.

Hubo tiempo, siglos para prepararse, hubo intentos que nadie continuó, que a nadie importaron porque el gran problema fue: ¿Cómo me tomo la foto de propaganda frente a un desagüe?

Seamos positivos, a lo mejor podamos convertirnos en atracción turística como Venecia, por lo menos una temporada al año. No faltará un reportero internacional que nos haga famosos y un puñado de japoneses que vengan a observar el fenómeno. No exagero, pasa. Fájese, en este país todo pasa, esta realidad nos supera hasta a los que escribimos ficción.

Ahora es tarde, tarde porque nadie mueve un dedo, tarde porque el plástico de su botella de agua, de su bolsa de supermercado, de su vaso de atol, le tapa las venas a la ciudad, que se ahoga en su excremento.

Es tarde, volteé a ver hacia los cerros pelones, hacia los incendios provocados, recuerde su pinada favorita del día de campo y dígame si aún existe. El Baúl ya tiene solo una flora de maquillaje, y fauna: cuatro chuchos que se salvaron de ser tacos.

Preparemos las motos acuáticas, el espacio para la noticia de la inundación de todos los años, las botas de hule que ojalá den el alto este año, las canoas y el hígado. Ah, pero preparemos también el voto que nos libre de la vergüenza de seguir nadando en porquería y ahogándonos en indiferencia.

“Preparemos las motos acuáticas, las botas de hule que ojalá den el alto, las canoas y el hígado”

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