A punto de cumplir más 50 años de actividad empresarial, De Martínez cuenta parte de la historia que le dio vida a lo que hoy son unas sólidas y confiables empresas quezaltecas, Albamar y el Gran Karmel.

“NOSOTROS AMAMOS A LOS QUEZALTECOS. GRACIAS A ELLOS TENEMOS LO QUE TENEMOS. ELLOS AYUDARON A FORMAR ESTA EMPRESA. POR ELLOS EXISTE”.

Por Jorge Sierra/Fotos de David Pinto

Cuando alguien dijo que es mejor amar el trabajo que amarse a sí mismo, pensó en Angélica de Martínez. Nació en Huehuetenango hace 71 años, pero desde niña, con su familia de clase humilde, se trasladó a Quetzaltenango, ciudad que vio coronar sus sueños, eso sí, a base de trabajo y trabajo, además duro, incluso poniendo en riesgo su salud. Cuando habla y describe las situaciones que vivió junto a su esposo Roderico, para construir la empresa Albamar, una de las más grandes en el negocio de los restaurantes del occidente, parece que hay borbotones de cosas qué quiere contar. Además es una mujer atípica, en quien parece que su cabeza y su espíritu son indómitos. De hecho, hoy por hoy, sus sueños no terminan.

El primer respiro

La cadena de abarroterías Albamar, que hoy suman más de una docena, además de los restaurantes Pollo Albamar, donde se vende “un pollo que surge en la cocina de mi casa”, se suman otros proyectos como el centro de convenciones El Gran Karmel, y la distribución exclusiva de Inmunocal. En total, hablamos de un grupo que hoy brinda empleo a casi 400 personas. Por supuesto, nació como todo lo que se hace diamantino: pequeño y humilde, con grandes tropiezos.

Según De Martínez, todo comenzó en 1970 con la instalación de una granja en un sector de la zona 3, donde alimentaban 200 pollos. Don Roderico contaba con el apoyo de su esposa, pero en ese primer intento fracasaron. Después una segunda y luego una tercera, nada fructificó. Para entonces don Roderico, que trabajaba en forma paralela en Molino Excelsior, desalentado se convencía que ya no podía continuar con el proyecto; además, las deudas en el banco eran muchas. “Pero había algo dentro de mí que me decía que siguiéramos y le platiqué: ‘Distribuyamos entonces nosotros los pollos. Los damos baratos. Ponemos una distribuidora directa al público’. Pero él argumentó que ya no quería. Hasta que por fin lo convencí”, comentó De Martínez.

Lo curioso que aquí se rompió el estigma que dice que la tercera es la vencida. Esta vez fue a la cuarta. Abrieron la primera tienda de Pollo Fresco Albamar, en la 15 avenida de la zona 3 (aún existe). Como en ese entonces no había una tienda de pollos frescos destazados in situ en la ciudad, obtuvo éxito y empezó a levantarse. Se abarrotaba de gente que deseaba comprar su pollo. “Un pollo fresco y amarillo. Nos iba súper. La gente comenzó a llegar y a llegar, hasta se aglomeraban. Llegamos a vender 4 mil pollos diarios, y fue así como empezamos a salir de deudas. A raíz de ello, surge la idea de poner sucursales (1972)”, narró De Martínez.

Una mujer en moto

Tras esa oleada de optimismo y fortuna, no se obvia el trabajo que hacía en silencio la pareja. Para satisfacer la demanda, por ejemplo, De Martínez tomaba una moto para repartir el pollo en las diferentes tiendas. Lo dejaba y volvía de nuevo para destazar más. Era tanta la venta que ella dispuso viajar a diario a la capital en un recién adquirido picop, y salir de Quetzaltenango a las tres de la madrugada, para estar de vuelta a las nueve de la mañana a Quetzaltenango. “En el matadero sabían que yo solo llegaba. Me ponían el pollo fresco, caliente, y me regresaba. Ese fue otro exitazo. Eso lo hice durante cinco años”, afirmó. En varias ocasiones manejó el vehículo, embarazada. Es más, condujó todavía tres días antes que naciera su quinto hijo. Eso sin contar los extensos viajes por esos años para transportar productos de abarrotería.

Es preciso aclarar que por un tiempo existió la sociedad Álvarez y Martínez, de ahí el nombre Alva-Mar, “algunos se confunden y me dicen doña Alba, porque piensan que Albamar, viene de Alba de Martínez, pero no es así”, reveló. Cuando se deshizo la sociedad se cambió la V por la B. 

La sazón es la clave

Pero para De Martínez, eso era el inicio. En 1980 surgen los restaurantes. Para entonces ella preparaba en casa un pollo que gustaba a los hijos, pero también a los invitados a su mesa. Fue así como de nuevo se acercó a don Roderico para proponerle un nuevo proyecto. Se repite la historia, no había ni un centavo, pero lo hicieron. Fue así como instalan el primer restaurante con diez mesas. Eso sí, De Martínez no solo actuaba como cajera, mesera, sino también como cocinera. Pero al cabo de los meses este resultó ser insuficiente, sobre todo por situarse cerca del Instituto de Señoritas de Occidente, y porque “tenía un delicioso sazón, que hasta después de 40 años se mantiene. El sabor de mi pollo es diferente porque es como hecho en casa, el de otros es una fórmula comercial”, aseguró. Pero el chispazo surgió el día que la visitó una señorita y le pide realizar allí una recepción, y De Martínez le preguntó para cuántas personas y ella le dijo: “Será para 80 personas”. De Martínez le tuvo que decir que no. “Y me dolió tanto perder esa venta, que le neceé a mi esposo que necesitábamos un local más grande”, confesó. Cuando se funda el restaurante para 500 personas, ella ya se sentía capaz de tomar las riendas de la empresa que se construía. “Nunca pensé que no podía, aunque no contaba con una profesión de administradora de empresas”, admitió.

En los actuales momentos la empresa se encuentra repartida en manos de la familia, es decir, de sus siete hijos.

Obstáculos en el camino

Pero fuera de lo que los quezaltecos conocen de Angélica, hay una mujer que en lo íntimo se ha construido así misma de forma diferente, con convicciones propias, con personales reflexiones, con su fe religiosa, así como también con un confeso amor por Quetzaltenango.

De Martínez piensa que, por ejemplo, el mayor obstáculo que tuvo que vencer al inicio para llegar a donde llegó fue la inexperiencia. El otro fue el dinero, “porque para lograr lo que hemos hecho siempre nos hemos endeudado con los bancos”, reconoció. A diferencia de muchas mujeres su problema nunca fue que haya sido mujer, en una sociedad conservadora y machista. “Yo recibía halagos”, contó. Y agregó: “Recuerdo que cuando llegaba a las empresas me decían: ‘Qué mujer tan trabajadora. Qué apoyo tiene su esposo”.

Pero ajeno a ese tesón, a ese liderazgo y entusiasmo con que habla, en ella conviven otras características, y es su capacidad para no amilanarse ante lo que había que hacer, como por ejemplo, cargar y descargar mercadería del picop. “Mi esposo trabajaba. Y siento que Dios me dio una constitución tan fuerte, que hizo que yo trabajara tanto”, admitió.

Sin embargo, esto último es un extremo que ella no aconseja a ninguna mujer. Así le nacen palabras para dar consejos. “Hay que luchar, hay que salir económicamente, pero hay que hacer un balance entre el trabajo y el hogar e hijos”, reveló.

Si ve a De Martínez, es una mujer de complexión fuerte y de carácter amable, y en ella coexiste una fanática del baloncesto en torno al cual capitaneó un equipo cuando era joven. También una cocinera con actitud y talento. “Es un don que Dios me regaló”. Y un tercero fue la coordinación de un grupo de oración de la iglesia Sagrada Familia.

La mujer virtuosa

¿Será necesario que un buen empresario deba poseer las cualidades que De Martínez ha descrito para el éxito de su empresa? Según ella, las condiciones deben ser también otras: “Debe ser una persona con mucha fe, temerosa de Dios. También ser honrada y soñadora. No se puede ser empresario si no se tienen sueños. Debe ser emprendedora. ¿Por qué hay pobreza? Porque hay pereza, y donde hay pereza siempre hay pobreza”, aseguró. Para justificar todos esos aspectos, ella se apoya en lo que aprendió en la Biblia, en Proverbios 31-10, donde habla de la mujer virtuosa. “Aprendí mucho de la mujer virtuosa”, explicó. “Es aquella que no pierde el tiempo, es aquella que cuida de la casa, se pone a tejer, se poner a pintar, a escribir, a estudiar, que se acuesta a altas horas de la noche y no le importa madrugar. Que atiende su casa, que le da de comer a la gente que le ayuda. Es decir, es la que ocupa su tiempo en algo fructífero”.

Por último, De Martínez sabe que guarda una gran deuda con el pueblo quezalteco. “Nosotros amamos a los quezaltecos. Gracias a ellos tenemos lo que tenemos. Ellos ayudaron a formar esta empresa. Por ellos existe. Créame que no hemos salido a invertir a ninguna otra ciudad porque queremos agradecer de una forma u otra haciéndolo en Quetzaltenango. Es una forma de agradecerle a este lindo pueblo, a esta linda ciudad, que nos formó empresarialmente”.

No posterga para nada sus buenos deseos por esta ciudad:

Lo que yo desearía para Quezaltenango es que alcance la paz”.

No está demás decir que De Martínez brindó esta entrevista en un tono natural, espontáneo, con humildad y cortesía extrema. Se dejó mostrar como es: una mujer que ama el trabajo, más que así misma. Aspecto que como se ve, le permitió crecer en distintos áreas, en lo profesional, en lo humano y en lo espiritual. Sus sueños siguen, y la espera a concretarlos también.

Más sobre esta mujer emprendedora

Angélica de Martínez, 50 años de casada, siete hijos, cinco hombres y dos mujeres, 18 nietos y cuatro bisnietos

En la actualidad tienen 16 tiendas.

Empezó a cocinar pollo frito, abrió su negocio en 1978 en lo que se conocía como cafetería La Madrileña, en la zona 3, calle Rodolfo Robles. Luego compraron el terreno de la 14 avenida, el lugar que hoy se conoce como Albamar de Tobogán, ese fue el segundo restaurante.

Cuatro años después se abrió el Albamar de la Costa Sur, luego Albamar del parque central, de ahí el Hotel Gran Karmel, sigue el centro de convenciones Gran Karmel y el más reciente el restaurante Albamar de Condado Santa Marta, en avenida Las Américas.

Se dedica a misiones de ayuda humanitaria especialmente en la comunidad Tilapa, en Santa Rosa; además, celebran el Día del Niño para menores de escasos recursos.

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