La historia de Lidia Velásquez es la historia de la mayoría de mujeres en Guatemala y el mundo entero; una historia de exclusión, dolor y sacrificios, pero también de coraje, esperanza y sobre todo de amor. Su vida digna y difícil refleja el proceso histórico que atravesó el país durante el siglo XX y cómo de esas condiciones hubo hazañas con las que logró vencer las dificultades, por eso deben conservarse como ejercicio para mantener viva la memoria y reconocer que en la fuerza de esta mujer quiché se representa una buena parte del espíritu combativo y mágico de este territorio. Su legado es hoy invaluable para su familia, así como para esta comunidad necesitada de referentes históricos. Hay seres que nunca se dan por vencidos y ella pertenece a ese círculo.

Por Marvin García/Fotos de David Pinto

La escritora española Olvido García Valdés menciona que un mito es un ser en el que cuajan aspectos de una época que toma la imagen de ese ser. Lidia Velásquez, con su infinito poder simbolizador, con su visión y la forma en que enfrentó la vida, construyó las dimensiones de un mito; su vida en apariencia normal se entrelaza con el pulso de la historia misma.

Lo personal 

Nació en un día del primer mes de 1941, cuatro años antes de la Revolución de Octubre, proveniente de una familia trabajadora y humilde en donde aprendió la importante lección que marcaría su vida: la persistencia. Los barrios más antiguos de la ciudad de Quetzaltenango, San Bartolomé y el parque a Bolívar fueron los testigos silenciosos de su niñez. En su memoria han quedado marcadas las imágenes de aquella ciudad tranquila y silenciosa que hoy se desmorona entre las grietas de estas primeras décadas del siglo XXI.

“El estudio para una mujer es una mala inversión”, era una frase que repetía su abuela; influenciado en esta, su padre decide sacarla del colegio, estudia hasta el tercer año de primaria, dedicándose a partir de ese momento a atender los oficios de su casa. A pesar de sus ganas por seguir sus estudios, la obediencia y el respeto a la decisión de su familia pesaron más.

A los 17 años contrae matrimonio, la Catedral Metropolitana de Los Altos, con sus monumentales cúpulas le dieron la bienvenida a esa nueva vida que la llenaba de ilusión, pero también significaba un cambio que le provocaba esa extraña sensación de estar de frente a la incertidumbre; era octubre y el viento soplaba con fuerza.

Luego de algunos años y con cuatro hijos varones, su matrimonio llega a su fin. La necesidad de proteger y garantizar lo necesario para el sustento de sus niños la obliga a llevar una vida de trabajo ininterrumpido, desde la venta de vísceras de res, hasta vender ropa de almacén en almacén por las calles de Quetzaltenango, hicieron de Lidia una mujer decidida a encontrar la llave que le permitiera abrir la puerta a una vida tranquila para ella y sus hijos, razón indudable de sus batallas.

Funda el restaurante Utz Hua, ubicado hasta la fecha sobre la histórica 12 avenida, además de varios pensionados, incluido uno en la Ciudad de Guatemala, esto le significó vivir cuatro años en aquella ciudad, decisión que tomó a raíz de poder acompañar a uno de hijos que iniciaba sus estudios universitarios. Fue un época dura para Lidia porque viajó sin nada, únicamente llevaba consigo una estufa de carbón y mucho amor. Estuvo a cargo de 14 pensionistas sin ninguna ayuda, los atendió de día y de noche sin descanso.

La guerra fue una bestia que mordió las manos de Lidia; su primer hijo, un joven al que le nació la conciencia por tener un país posible.

El amor como gesto político

Para entender esta parte de la vida de Lidia Velásquez, quizá sea necesario empezar leyendo el poema EN LUGAR DE UN PRÓLOGO, de la poeta rusa Anna Ajmátova:

En los terribles años de Yezhov hice cola durante siete meses delante de las cárceles de Leningrado/ una vez alguien me reconoció / Entonces / Una mujer que estaba detrás de mí, con los labios azulados/ que naturalmente nunca había oído mi nombre/ Despertó del entumecimiento que era habitual en todas nosotras Y me susurró al oído (allí hablábamos todas en voz baja): -¿Y usted puede describir esto? Y yo dije: – Puedo./ Entonces algo como una sonrisa resbaló en aquello que una vez había sido su rostro.

Ajmátova, una de las escritoras rusas más importantes del siglo XX, aparte de legado literario, dejó un ejemplo de amor y persistencia. Cuando encarcelaron injustamente a Lev Gumiliov (su único hijo), Ajmátova se acercó todos los días durante 17 meses a las puertas de la prisión de Leningrado para informarse de su estado. Allí conoció a otras mujeres que, como ella, aguardaban una respuesta sobre el paradero de sus familiares (hijos, maridos, hermanos). De esta experiencia nació Réquiem, un conjunto de poemas secos y desgarrados dedicados a la memoria del hijo y de las madres que esperaban inútilmente.

Y es que la guerra como la que vivió Guatemala durante 36 años dejó secuelas y heridas que siguen abiertas, separó familias, desapareció a gente inocente, causó pérdidas irreparables. La guerra fue una bestia que mordió las manos de Lidia; su primer hijo, un joven al que le nació la conciencia por tener un país posible, tomó la valiente decisión de unirse a las filas del frente Tambriz, elección que provocaría la angustia de Lidia, quien lo buscó por más de cinco años hasta encontrarse con él en el parque de Tapachula, sin saber que sería esta la última vez que lo tendría cerca. En el centro de su actual sala sobresale una foto que eterniza ese momento; ella abrazada del hijo combatiente, del hijo soñado y ausente, sus ojos lucen perdidos, húmedos, la guerra se lleva todo, menos la esperanza. Hay algo similar en Ajmátova y en Lidia: el amor a sus hijos y su profunda valentía. Si algo queda claro, es que el amor también es un enorme y contundente gesto político.

Recoger los frutos de una buena siembra

Una vida de trabajo y de sacrificios como la de Lidia se traduce actualmente en hijos exitosos y en la plena satisfacción de que todo, absolutamente todo, lo bueno y lo malo, valió la pena. Devota de Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Jesús, Lidia recuerda los capítulos de su vida con un dejo nostalgia, en sus manos se refleja el paso del tiempo, ha viajado a países de Europa y tejido varios suéteres para sus nietos, Hoy disfruta su descanso como quien cumple la tarea asignada.

Frente a una historia como la de Lidia Velásquez, mujer quiché que logró vencer las circunstancias, se puede también entender la complejidad de la historia. Su testimonio queda marcado en la memoria histórica de su familia, pero también queda como registro de esa gran memoria universal que es construida de gestos llenos de valentía. No se puede dejar de hablar de Lidia, la mujer que sembró esperanza y cosechó futuro, ni tampoco se puede dejar de hablar de las miles de historias de mujeres que pese a las circunstancias sacaron adelante a familias enteras y que han dado un aporte fundamental para la construcción de estas sociedades sin recordar los versos de Francisco Morales Santos: “Quiérase o no, tus actos han sido la argamasa con que se edifica este país carajo; país hecho de actos sencillos y humanos simples, que, al cabo, es lo que cuenta, porque nosotros, madre, también somos historia”.

Una vida de trabajo y sacrificios como la de Lidia se traduce actualmente en hijos exitosos y en la plena satisfacción de que todo, absolutamente todo, lo bueno y lo malo, valió la pena.

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