Fran Lepe

Mi bendita tierra, mi ciudad de calles y cerros, la antigua luz del ancestro y vida de los pájaros del día, tu destino en nuestras manos, tu futuro en nuestra decisión, tu vida o tu muerte en nuestro voto.

La condena del atraso al que hemos sido indiferentes, la cárcel del olvido en que te hemos encerrado, el infierno de la noche de ceguera en que te violamos, asociados al latrocinio y la rapiña, hoy podrían revertirse o intentar revertirse con un voto consciente.

Hay actos de amor hacia la patria, recoger una basura, manifestar multitudinariamente contra la injusticia, ayudar al pobre, amar la bandera, educar a nuestros hijos, pero hay uno práctico y fundamental, sencillo pero tan contundente como un beso: votar.

Votar no es la mancha en un papel, realizada casi al azar o bajo la droga emocional de una canción o una mentira bien contada. No es un trazo obtuso, sobre un símbolo obtuso, por una decisión obtusa, ni una manera de cumplir por cumplir.

Votar es nuestra autorización para que alguien sirva en lugar nuestro, en un puesto desde el que logre bien para todos. Ese ejercicio merece reflexión y análisis, conciencia y voluntad, porque también nos comprometerá a fiscalizar que ese mandato se cumpla.

La mejor herramienta de los que nos sojuzgan y atan a este presente de dolores, es la ignorancia, la confianza en que no sabemos ni nos interesa saber y entonces nunca sabremos. Esa dinámica perversa nos arrincona en la esquina de los castrados que incapaces de criterio alguno reaccionan torpemente a cualquier engaño, expresado en promesas facilitas, soluciones masturbativas y pantomimas idiotas.

Nuestro inconsciente gusto por la puesta en escena y los personajes de diseño, gusto inculcado por los medios de comunicación, es aprovechado por los ambiciosos ladrones de futuro para que nuestros dedos tracen esa firma fatídica sobre su “atractivo símbolo” y con ese automático gesto avalar su orgiástico festín de atrocidades.

La patria no es un poema ni una utopía, es la realidad en la que vivimos o tratamos de hacerlo y depende hoy de nuestro voto.

No es profético, pero dudo que nos espere otros cuatro años sin estallarnos en la cara por pura causa y efecto de nuestras malas decisiones.

Le deseo votar bien, hágalo consciente.

 

La patria no es un poema ni una utopía, es la realidad en la que vivimos o tratamos de hacerlo y depende hoy de nuestro voto.

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