David Wesley Monterroso, de 50 años de edad, padre de nueve hijos, quedó invidente a causa de una enfermedad, pero a pesar de eso, afirma que “la vida es un don de Dios” y envía un mensaje de paz.

Por Stuardo Calderón/La Prensa de Occidente

Muchas veces vemos la vida pasar, pero no le damos el valor necesario y vivimos en una rutina. David, quien perdió la vista hace 22 años, nos comparte su historia y nos describe una nueva forma de saber afrontar los problemas que la vida trae consigo.

¿De dónde es?
Soy originario de una aldea que se llama Barsobia, del municipio de San Juan Ostuncalco. Vengo de una familia de escasos recursos y numerosa. Mis padres tuvieron ocho hijos, yo soy el quinto, y como buen descendiente judío tengo nueve hijos.

¿Sus papás a qué se dedicaban?
Mi padre siempre fue panificador, trabajó en Quetzaltenango en panaderías muy conocidas como El Quetzal, Las Hortensias y Xelapan durante casi 30 años. Mi mamá era ama de casa y se dedicaba a la costura.

De niño, ¿qué soñaba?
Desde pequeño siempre amé la vida, es lo más bello, abrir los ojos, salir a divertirme y jugar. Me cuentan que yo decía que quería ser profesor y al final logré ser catedrático, soy maestro de educación primaria graduado en 1991 del INVO. Pero mi sueño se frustró cuando perdí la vista. En mi estado es difícil encontrar una plaza pública, todas son por oposición. Pese a que sabían que era invidente, en el magisterio me querían mandar a aldeas refundidas como Aguas Blancas; un ciego no tiene nada que hacer allí, así que solo pude ejercer mi carrera dos años en establecimientos privados.

¿Cómo fue que dañaron sus ojos?
Padezco una enfermedad que se llama retinitis pigmentosa, es genética y hereditaria, cuando uno nace ya la trae. Consiste en la cristalización de la retina, es progresiva, la primera manifestación es que se presenta como una ceguera nocturna, yo nunca pude ver y caminar con luz de luna. A los 3 o 4 años tuve los primeros síntomas, perdí la vista por completo a los 28 años, tengo 22 años con discapacidad visual.

¿Qué lo motivó a afrontar la vida con este problema?
La realidad es que amo la vida y por sobre todas las cosas he considerado que es un don de Dios; en medio de todas las limitaciones que podamos tener, hay una fuerza interior que el Señor nos da para seguir de pie.

¿Cómo conoció a su esposa?
Ella es de la región nuestra, la conozco de toda la vida, éramos vecinos. La gente dice que es bonita de semblante, a veces le preguntan y dice que ella me encontró a mí. Nos casamos cuando ella tenía 19 y yo casi los 21.

¿De qué manera ha logrado sostener a su familia?
A raíz de que tuvimos que hacernos de recursos para estudiar desde pequeños, emprendimos un negocio de productos plásticos con mi hermano Érick, y eso nos dio la capacidad económica para estudiar, mantener a nuestra familia y brindarles estudio a nuestros hijos. Llevamos 36 años con esta empresa.

Ahora es parte de un equipo deportivo, ¿cuándo tomó esa iniciativa?
Llevamos seis años de practicar el golbol a un nivel más profesional; ya teníamos el conocimiento, las porterías y la cancha, pero no teníamos los implementos, el balón y un equipo para llevarlo bien a la práctica. Nosotros tenemos más de 11 años trabajando con el atletismo, involucrando a personas no videntes, y de esa cuenta hemos hecho un grupo grande.

¿El equipo tiene un nombre y por cuántas personas está integrado?
A nosotros nos reconocen como el equipo de Xela. Somos cerca de 20, cada quien pone de su bolsillo para costear los gastos. Cuando nos presentamos en la cancha, todos nos apoyan y gritan “¡Xela, Xela, Xela!”. Hacer deporte nos permite olvidar por largos lapsos nuestros problemas, es un antiestrés.

¿Qué mensaje puede enviarle a la población en estas fiestas de fin de año?
Que valoren su vida, que no dejen pasar un día sin crecer un poco, que abracen y amen a su prójimo, que se respeten y por sobre todas las cosas, que tengan a Dios en su corazón, que la bondad prevalezca siempre.