Hoy en Guatemala se conmemorara el día Nacional del Libro Popol Vuh, probablemente, escrito en idioma Kíche, con caracteres latinos, entre 1554 y 1558, por la intelectualidad maya de ese entonces.

Foto ilustrativa

Por: Daniel Matul

Sin embargo, el original con representaciones propias de la escritura maya, parece haber sido redactado, por lo menos, cuatro mil años antes de Cristo. Inspirado en la vida y asumiendo el mito como instrumento pedagógico, entiende el universo como fabuloso ser vivo, en diversas manifestaciones: celestes, minerales, vegetales, animales y humanas.

Su narrativa destaca a diferentes personajes que contribuyeron a la edificación de la cultura. Por ejemplo, Tojil, descubridor del fuego en nuestras latitudes. Este acontecimiento energético y transformador cobra decisiva importancia en el desarrollo biológico y cultural de la humanidad maya.

Entonces la energía, como resultado de combustiones químicas se pone al servicio material de la sociedad. Sin embargo, además de esta relación física con el fuego, no se sabe cuánto tiempo transcurrió, lo cierto es que la observación de la danza de las llamas, llevo a la sensibilidad de conexión entre el hombre y el fuego.

En ese momento, se produce la elevación de la conciencia cultural al considerar la llama como lenguaje escondido. Tal sensibilidad genera las nociones de relación entre el hombre y el fuego, hasta presidir todos los ritos que vienen de la antigüedad, especialmente cuando se conmemoran las celebraciones de la sociedad.

Quien haya vivido la experiencia del fuego ceremonial, sin duda, ha sentido la vibración del universo, como lo han sentido, sin lugar a equivocarnos, otras culturas hermanas que cultivan su original ceremonial del fuego de acuerdo a sus características, simbologías y contexto: hindú, griega, hebrea, africana, hasta la antorcha de los juegos olímpicos.

Esta es la nobleza de Tojil, en la narrativa del Popol Vuh, y es también la nobleza de los maestros del fuego que, en la contemporaneidad en distintos altares de nuestro país, continúan solemnizando el empleo de la llama en los rituales de renovación de la vida.

Es tanta la proyección hacia el porvenir que, estos maestros, practican el baño del fuego, con delicadeza con sus manos toman una y otra vez la humarada emanada del fuego y, la depositan en su cabeza y desde ahí, descienden a todas las partes de su cuerpo, anunciado simbólicamente la continuidad inquebrantable de la cultura maya.