En muchas ocasiones la tradicional “quema del diablo”, que se celebra cada 7 de diciembre, ha servido para eliminar objetos, residuos y desechos sólidos, que son altamente contaminantes para el medio ambiente.

José Racancoj/La Prensa de Occidente
Incinerar basura, dispositivos electrónicos, plásticos y químicos pueden ser muy dañinos para el medio ambiente, pues esparcen sustancias tóxicas, como las dioxinas y los furanos, por lo que se ha lanzado una campaña de responsabilidad ambiental para evitar que la población queme este tipo de objetos durante la “quema del diablo”.

De acuerdo con el Ministerio de Ambiente y Recursos Naturales (MARN), que impulsa esta campaña, además se debe evitar quemar artículos de PVC, plástico, duroport, mantas vinílicas, llantas, aerosoles, aceites, lubricantes, pinturas y solventes, debido a que son sustancias que pueden ocasionar efectos negativos de corto plazo en la salud, como ardor en los ojos, irritación de las vías respiratorias y agudizar el asma.

“Quemar artículos inapropiados el 7 de diciembre contamina el aire, suelo y agua. Además, se generan gases de efecto invernadero que ocasionan el cambio climático. Otro riesgo es la manipulación inadecuada de los explosivos, que pueden causar lesiones físicas como quemaduras, problemas auditivos y daños oculares irreversibles, y en casos extremos, discapacidad”, señaló el ministro de Ambiente, Mario Rojas.

De acuerdo con el MARN, algunos cohetes llegan a los 190 decibeles, un nivel superior a lo permisible por el oído humano. Los niños son los más propensos a daños auditivos, porque sus oídos son más sensibles. Lo adecuado para el humano adulto está entre los 70 y 85 decibeles, sin que ocurra algún daño, según estudios de MED-EL, una empresa internacional que se dedica a la investigación de la pérdida auditiva.

Los fuegos artificiales, en exceso, por los componentes químicos y los metales pesados que contienen, explica la cartera de Ambiente, también dañan el ambiente, porque se mezclan con el aire y liberan monóxido de carbono, que, junto a las emisiones de los vehículos, industrias, quema de basura y otros gases, dan una sensación de neblina que en realidad es contaminación.

Una tradición histórica
El origen de esta tradición se remonta a 1738, cuando el rey de España pidió que la noche del 7 y 8 de diciembre la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala se iluminara, en honor a la Virgen de Concepción, según Miguel Álvarez, cronista e historiador de la Ciudad de Guatemala.

En esa época, las calles se iluminaban con luces de cera, desde las 18 horas del 7 de diciembre. “Cuando la ciudad se trasladó al Valle de la Ermita, hay registros de la continuidad de las luminarias, con sentido religioso, por lo tanto, la Nueva Guatemala de la Asunción continuó la tradición”, relata Álvarez.

Con los años, los pobladores dejaron de colocar luminarias de cera y comenzaron a usar madera para prender fogatas, solo el 7 de diciembre, antesala al día de la Virgen de Concepción y la Navidad.

Los guatemaltecos aprovecharon la ocasión para quemar artículos sin uso, lo que propició grandes fogatas, alimentadas de distintos materiales. El significado del fuego es la “purificación”, y en el siglo XIX, se identificó como la oportunidad de quemar al diablo, por la creencia que “la virgen trae el bien y el fuego aleja al diablo”, recuerda Álvarez. En los 90 surgen las piñatas de diablitos, como una representación exacta de la tradición.