Uno de los desastres naturales más graves que golpeó a Guatemala en el siglo pasado fue el terremoto de 7.5 grados en la escala de Richter, ocurrido el 4 de febrero de 1976.

José Racancoj/La Prensa de Occidente
El violento movimiento telúrico despertó a los guatemaltecos a las 3.03.36 horas de la madrugada de aquel 4 de febrero, muchos solo vieron cómo caía todo a su alrededor y miles más perdieron a sus seres queridos.

Desde aquella fatídica noche, que dejó más de 23 mil fallecidos, 76 mil heridos, la destrucción de 250 mil viviendas, y más de 3 millones de damnificados, han pasado 45 años.

El sismo duró 49 segundos, pero las secuelas perduraron por mucho tiempo, y para otros nunca desaparecieron. El epicentro fue en Los Amates, Izabal, a 5 kilómetros de profundidad en la parte oriental de la falla de Motagua, que forma la frontera tectónica entre las placas Norteamericana y la del Caribe.

Con los primeros rayos del sol, la mañana de ese 4 de febrero, se podía observar la magnitud de los daños que dejó el terremoto. Casas destruidas, personas tratando de rescatar algo de entre los escombros, familias completas viviendo en las calles, era parte de las escenas.

Luego del terremoto, cuya energía fue equivalente a una explosión de 2 mil toneladas de dinamita, se reportaron ocho réplicas con magnitud entre 4 y 5.7.

Hoy se recuerda a las víctimas y a los sobrevivientes de unas de las mayores tragedias que ha vivido Guatemala.