Reflexiones e historia crítica sobre la Semana Santa

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Aspectos principales de la obra de Óscar Aguirre que desarrolló en la década de los ochenta. En esta época, el esfuerzo del autor se puede caracterizar como el intento de fundamentar teóricamente la celebración de la Semana Santa, pero lo que busca, en última instancia, es proponer una historia crítica de la Semana Santa.

Dr. Hugo Rafael López Mazariegos / Sociólogo, politólogo, filósofo, teólogo, antropólogo, etnólogo.

Contexto histórico de la Semana Santa

Para Aguirre, dicha celebración se rememora precisamente a muchas de las condiciones históricas prevalecientes durante la vida de Jesús; danzas, representaciones y diversos elementos simbólicos que emergen y que tienen origen en la historia de los judíos, anterior o contemporánea a la existencia de Jesucristo.

Entre 2500 y 2000 a. C., las tribus habitaron en una franja de tierra, Palestina, que se encontraba en el sur de Fenicia. Por entonces llegaron a esa región las tribus de Judea e Israel. El territorio era pobre, carente de riquezas naturales y con esas posibilidades para la agricultura. Lejos de formar  una nación poderosa, pese a la leyenda que los convertía en el pueblo escogido de Dios, los recién llegados se dedicaban a la ganadería y se dividían en familias de índole patriarcal.

Más tarde, integrado doce tribus y, tras exterminar a los cananeos y a los filisteos, se asentaron los de Judea en el sur y los de Israel en el norte de Palestina.

Una tradición devela que estas tribus vivieron en Caldea, bajo la dirección de un patriarca de nombre Abraham. Después emigraron a Egipto y más tarde, bajo el mando de Moisés, marcharon hacia Palestina, llamada por ellos, la tierra prometida. Aquí, las doce tribus  siguieron gozando de cierta autonomía y solo en caso de guerra se reunían bajo la dirección de un guerrero único que recibió el nombre de juez.

Entre los jueces más conocidos encontramos a Gedeón, vencedor de los medianitas, y a Sansón, que luchó contra los filisteos.

La asunción de Salomón

Las derrotas que sufrieron a manos de estos últimos, hicieron que hacia el año 1000 a. C., las doce tribus se fusionaran y tratarán de integrar una nación, cuyo primer monarca fue Saúl; sin embargo, en realidad el Estado judío se formó hasta la elevación al trono de David, quien realizó una serie de guerras de expansión y arrebató a los cananeos la ciudad de Jebús, que convirtió en la capital de su reino con el nombre de Jerusalén. Tras su muerte, fue elegido como rey uno de sus muchos hijos, Salomón, en cuya etapa llega a su apogeo la fuerza del país. Salomón embelleció la capital, construyó palacios y templos con la colaboración forzosa de campesinos y artesanos.

A la muerte de Salomón, la unidad se vio debilitada y se formaron dos reinos: en el norte de Israel, con Siquem como capital y Jerobam como rey; en el sur, el de Judea, con Jerusalén como capital y Roboam como monarca. La división trajo consigo guerras fratricidas y contra los pueblos vecinos, a las que han de agregarse las sublevaciones de los pobres contra la aristocracia. Así, en el año de 723 a. C., el reino de Israel cayó en poder los asirios y el de Judea, ya tributario de estos, perdió por completo su independencia ante el avance de los asirios de Nabucodonosor, en el año 586 a. C.

Como los reinos eran de gran importancia para el comercio y paso obligado de las caravanas, las ciudades se convirtieron en mercado y hubo una gran bonanza que solo enriqueció a la aristocracia. La situación del campesino se agravó por la obligación de cooperar en las construcciones y por la pérdida de sus tierras, de las que los ricos se apoderaban por la fuerza o causa de las deudas. En pocos años, los campesinos se quedaron convertidos en esclavos, lo que naturalmente motivó al descontento. De la semi igualdad de los primeros tiempos, pasó a una injusticia y una desigualdad económica en la que una minoría -el rey, los guerreros, los sacerdotes y los mercaderes- posean todo, en tanto que las grandes masas populares carecían de lo indispensable.

En la Biblia pueden encontrarse relatos de ese desequilibrio; asimismo, la mayoría de los profetas fueron gente del pueblo que levantó su protesta en defensa de la mayoría.

En sus principios, el descontento tomó características de índole religiosa: dos dioses se enfrentaban; por una parte Jehová, el dios del desierto, de la unidad y de la esperada justicia social y, por la otra, Baal, el dios de la abundancia, de la riqueza y el poder. El primero fue el dios de los desposeídos y el segundo de la aristocracia. Las luchas sociales dieron pronto la victoria al primero, y con ello pasó de la categoría de dios paupérrimo y local, de ídolo de unas cuantas tribus, a ser bandera que le concedía las características de dios justo y universal.

La llegada de Jesús de Nazaret

En el año 198 Palestina fue invadida por los Seleucidas, dinastía turcorromana, que llegó acompañada de griegos y sirios. En 170, Antioco Epifanes realizó una terrible persecución religiosa cuyo objetivo era acabar con el judaísmo. El historiador Luis M. de Cádiz citado por Sonia C. Iglesia y Cabrera e tal. (2002, p.53-73) nos dice al respecto:

“Parte de los judíos apostató, pero la mayoría se mantuvo fiel a la Ley, alentados por los heroicos ejemplos de los Macabeos, que lograron conquistar la independencia en el año 167. Pero en el 63, Pompeyo los incorporó al Imperio Romano, dejando algunos reyes y príncipes de nacionalidad hebrea para que gobernasen en nombre de Roma. A partir del año 6. P. Cr., Judea y Samaria fueron gobernadas directamente por la metrópoli. Poncio Pilatos ocupó ese cargo desde el 265 al 36.

Los distintos grupos hebreros vivían en continuas discordias por obtener la supremacía, lo cual dio un buen pretexto a Pompeyo para intervenir directamente en Palestina y adueñarse de ella. Herodes, un general de la tribu de los idumeos fue nombrado por César Augusto, emperador de Roma, rey de Judea. Este hecho coincidió con el término de las setentas semanas de años cumplidos que había anunciado el profeta Daniel para fijar la venida del Mesías. Fue entonces cuando nació Jesús de Nazaret. El mismo M. de Cádiz, puntualiza: “el año 754 de la fundación de Roma (o ab urbe condita), nació en Judea, Jesús Nazareno. Treinta y tres años más tarde murió crucificado en Jerusalén y 50 días después hizo su primera aparición en el reino espiritual que él fundara”.

Esto es lo que configura  el poder real en la historia al que se refiere Aguirre y por el cual puede adquirir actualidad en la realidad. Se trata de un poder histórico, encabezado por el imperio romano que oprime a las mayorías populares de la época.  Desde esta perspectiva, la historia aparece como el lugar de la revelación de Dios. De hecho, se puede afirmar, desde un punto de vista sociológico, que este acontecimiento se convirtió en el punto de partida de la dominación en los siguientes siglos, y cuya expresión máxima lo constituye el capitalismo, con una intrínseca dimensión política, cultural, ideológica, económica y teológica.

“El año 754 de la fundación de Roma nació en Judea, Jesús Nazareno. Treinta y tres años más tarde murió crucificado en Jerusalén y 50 días después hizo su primera aparición en el reino espiritual que él fundara”.