Opinión De la sumisión y la violencia sistémica

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Marvin S. García Citalán

@marvinsgarcia

En el libro “Fesmestizajes, cuerpos y sexualidades racializadas” la antropóloga Yolanda Aguilar, teoriza, entre otras cosas, en el “ejercicio sistemático de adoctrinamiento e internalización subjetiva del aprendizaje para la sumisión en todas sus formas”, esta sumisión y dominación sucede básicamente a través  de esquemas que las sociedades para nuestro caso, como las de Quetzaltenango, han adoptado durante la historia y son la base para la interrelación cotidiana, en otras palabras, somos personas individuales que pertenecemos a un mecanismo social  más grande que nos domina, controla, y este, se vuelve incuestionable y normaliza todo tipo de violencia.

Y es que similar al poder, tal y como menciona Focault: que está en todas partes y viene de todas partes, la violencia de igual forma  se ejerce de  todas las maneras posibles, atravesando cuerpos y territorios,  este sistema genera, entre otras cosas, relaciones subalternas basadas en la idea del valor,  la producción desmedida, el uso excesivo  de la fuerza, el extractivismo  y el control.

Tomando en consideración lo anterior,  en Quetzaltenango nos vemos en medio de otra polémica que pone sobre la mesa la urgencia de abrir el debate y la reflexión crítica alrededor de la defensa de los espacios, en el amplio sentido del término, de una ciudad inundada de  problemas en todos los niveles y de todas formas posibles; partiendo fundamentalmente  de cuestionar la forma en que se nos ha enseñado a vivir, una vida acostumbrada al maltrato y la sumisión que acarrea como consecuencia, desorganización social y la imposición de iniciativas lejos de consensos reales.

La manera  dictatorial con la que el Gobierno central está abordando la celebración de los 200 años de la independencia de Centroamérica,  sin tomar en cuenta la opinión de las y los habitantes del municipio, demuestra efectivamente la violencia con la que el Estado de Guatemala entiende la creación de espacios públicos que no son más que shows politiqueros, utilizados  probablemente, con otros fines, el bicentenario es un hecho histórico que debe ser también deconstruido y analizado más allá  del nacionalismo barato y recalcitrante.

Por eso, invertir 25 millones de quetzales para construir un parque en el único pulmón verde que cuenta Quetzaltenango, en medio de una tremenda crisis económica a raíz de la pandemia, en un momento en el que los hospitales son improvisadamente construidos y la capacidad de atención es limitada, con familias atravesando serios problemas económicos, altos niveles de desempleo, sin una infraestructura que permita el acceso realmente libre y gratuito a la educación para las y los estudiantes de todos los niveles, es sin duda un ejemplo claro del sistema de poder y dominación.

Quetzaltenango no necesita nuevos parques, necesita principalmente que la gente que está en la administración pública entienda que aquella idea de desarrollo que se nos ha vendido está más allá de pavimentar calles, reducir aceras y talar árboles, el desarrollo debe ser una visión integral que ponga a la persona en el centro, esto significa, salirse de la lógica de trascender a través de obra gris y planificar una ciudad para la convivencia real, pero eso, lamentablemente, se ve lejano. Por último, seguir idealizando la imagen de Ubico no es un buen presagio, definitivamente.