En el tímpano del edificio de la Casa de la Cultura se ubica un reloj histórico, instalado hace mas de ocho décadas y que, hoy por hoy, con sus campanadas sigue anunciado el paso del tiempo cada vez que una hora muere y otra nace. Detrás de sus manecillas, engranajes, poleas y péndulo, está el esfuerzo y el amor de una persona que a diario le da vida.

“Este reloj es mi pasión, es parte de mi vida y también es un recordatorio del trabajo que mi padre hizo atendiéndolo hace más de 40 años”

José Racancoj/ La Prensa de Occidente / Fotos David Pinto

Tic, tac, tic, tac…

El reloj del Centro Histórico altense está ubicado en el espacio triangular de la parte superior de la Casa de la Cultura (antigua Penitenciaría), se mantiene vivo y va marcando cada hora, minuto y segundo del día a día de los quetzaltecos.

Cada hora suenan las campanas: din, din, din… tantas veces como la hora marca. Además, suena una, dos o tres veces, dependiendo si han pasado 15, 30 o 45 minutos de una hora. Su sonido resuena por el Parque Central y alcanza parte del Centro Histórico.

Se trata de un reloj fabricado en Alemania y que fue instalado en 1939. Es antiguo, de hecho, la empresa que fabricaba este tipo de relojes dejó de hacerlos aproximadamente en 1950, debido a la evolución tecnológica.

Es mecánico (de cuerda) y por su naturaleza requiere que diariamente se eleven los pesos que son la fuerza motriz de su maquinaria. Esta labor diaria, de mantenimiento, la debe realizar un experto, que en este caso es Guido Alfonso Velásquez, de 56 años.

Todos los días, Velásquez sube 53 gradas desde el punto más bajo del edificio, sobre la 12 avenida, hasta el lugar donde dan vueltas y danzan las piezas que hacen que las manecillas giren constantemente y las agujas que miden el tiempo no se detengan.

Velásquez realiza este trabajo desde 2012, cuando finalizó su restauración, pues por muchos años estuvo en abandono. “En 2010, conseguimos la oportunidad de restaurar el reloj que estaba muy dañado y ya no funcionaba; en 2012, terminamos y desde ese día lo hemos atendido”, comentó.

El estado como Guido encontró el reloj, estaba abandonado y las agujas paradas. Comenzó desde cero a repararlo.

Reloj no marques las horas…

Desde 2008, la agujas se habían detenido y estaba abandonado; de hecho, años antes ya trabajaba de manera forzada. Lo echaban a andar en ocasiones, unos días funcionaba y otros no, hasta que colapsó. “Eso fue como en 2009, por lo que hablamos con la Municipalidad y los convencimos de que podíamos restaurarlo”, explicó.

Aquel proceso de restauración llevó casi dos años y tuvo sus dificultades, pues la información era escasa. “Nosotros buscábamos información pero era muy limitada, había piezas que se habían dañado y no teníamos manera de saber cómo eran”, comentó.

Fue necesario contactar a relojeros estadounidenses que respaldaron el proceso y dieron indicaciones sobre lo que se tenía que hacer, cómo conseguir un buen tornero.

Tras diseñar las piezas, se buscó quién pudiera elaborarlas, varios dijeron no poder hacerlo hasta que se encontró a una persona que se animó.

“El acabado es la parte clave, se hace a mano, con milésimas de milímetro hasta que la pieza queda funcionando. Otros engranajes más simples se hacen en cualquier torno, solo se lleva la muestra y quedan relativamente bien. No es lo mismo la pieza de un reloj que la de un auto”, explicó el especialista.

Según Velásquez, el desafío más grande fue que las partes que forman el mecanismo de escape, las paletas y la rueda que estaban dañadas. “Eso nos llevó más tiempo. El reloj debe funcionar con una energía medida, no se le puede poner más fuerza ni más energía”, refirió.

Una labor sin retribución por ocho años

Por más de ocho años, desde la restauración, Velásquez llegó todos los días a darle cuerda al reloj y supervisó sin recibir pago alguno, a pesar de que las autoridades municipales de ese entonces dijeron que recibiría una retribución por el servicio. “La restauración sí me la pagaron”, aclaró. Fue hasta con la administración edil actual que ha recibido remuneración por su trabajo.

Reloj detén tu camino…

Pero ¿qué motiva a alguien a hacer este trabajo por casi una década sin percibir un salario? A Guido lo impulsaba un compromiso moral por este patrimonio y el apego que le llegó a tener, pues su padre era relojero y también cuidó de este aparato en la Casa de la Cultura

“Yo conocí este reloj cuando era niño, mi papá lo cuidaba y fue así como yo desarrollé ese apego”, manifestó.

El padre de Guido es Carlos Alfonso Velásquez, de 77 años, quien sigue trabajando como relojero. De hecho, el amor que Guido tiene por la relojería lo heredó de su padre, “es un relojero al que admiro, él me enseñó lo que sé, esta pasión por los relojes y los pequeños trucos que se van compartiendo a nivel familiar”, contó.

Don Carlos Velásquez, quien tuvo una relojería en Xela, ya no vive aquí, sino en Australia, a donde emigró hace 33 años, y pese a las 17 horas de diferencia mantienen constante comunicación.

A esto se suma que Guido no quería ver que esta máquina terminara como chatarra y que llegaran personas que antepusieran sus intereses económicos al patrimonio.

“Quiere decir, que si lo dejaba abandonado -el reloj- nadie lo iba a cuidar o no lo iban a reparar bien”, dijo.

“El reloj es un como un ser vivo”

Velásquez visita todos los días el reloj, aunque no a la misma hora. Al llegar, lo primero que hace es asegurarse de que esté puntual, para lo cual recurre a una radio de onda corta o a una aplicación de sincronización. “El reloj es como un ser vivo, hay que observarlo, escucharlo y medirlo. Si oigo un sonido extraño tengo que asegurarme de qué esta mal. Observo que tenga el lubricante para cada sección”, explicó.

Además, lleva una bitácora para anotar a diario datos como la temperatura, humedad, desviación del reloj y el ajuste que se le hizo, para ver qué efecto tuvo al día siguiente. Finalmente lo deja puntualizado, le da cuerda y se retira. Al siguiente día, se repite este proceso que suele tomar una hora.

El reloj también requiere una inspección más amplia mensual o anualmente, o cuando sea necesario con el fin de que funcione correctamente. “Así como está, podría funcionar unos 30 o 40 años sin que necesite una reparación. Los ajustes regulares sí son necesarios, pero cuidándolo con lubricantes y grasas, y limpiándolo, puede durar mucho”, manifestó.

Apoyar así como me apoyaron

La formación de Guido en el mundo de la relojería viene de su padre principalmente, pero también de su tío, quien fue el fundador de la relojería Rosa de Francia, la cual aún funciona en la quinta calle.

Adicionalmente, ha tratado de formarse con lecturas, investigación y recursos que ahora da el Internet, además, de contar con el apoyo de amigos relojeros en el extranjero.

Ahora, él también cuenta con un sitio en Internet, donde comparte información y orienta sobre cómo reparar relojes como el de Xela. “Así es como me ayudaron a mí, así que yo ayudo a otros”, refirió. Personas de países como Brasil, Colombia, Venezuela y la Polinesia lo han llegado a contactar.

Velásquez es una persona que, además de su amor por la relojería, se dedica a la enseñanza en la rama de la fotografía.

“Cuando yo estaba aprendiendo, la relojería pasó por la ‘crisis del Reloj de Cuarzo’, que se dio cuando los relojes de cuarzo entraron, entonces los relojes mecánicos de cuerda desaparecieron, y eso hizo que nos quedáramos sin trabajo”, recordó.

La tecnología lo llevó a dedicarse a la enseñanza en fotografía, una profesión que le apasiona. Fue catedrático de fotografía por 10 años en la Universidad Mesoamericana y actualmente imparte talleres en la Universidad Rafael Landívar.

Reloj detén el tiempo en tus manos

Este reloj monumental es el único que queda en la ciudad altense, llegaron a haber cuatro, uno en el INVO, otro en el Palacio de Justicia y uno más en el Hospital San Juan de Dios.  Hoy en día solo subsiste el de la Casa de la Cultura.

Para Velásquez, estos instrumentos para medir el tiempo, diseñados antes de la era de las chips, son muy precisos y una demostración del ingenio y la capacidad del hombre para inventar y construir máquinas.

Y aunque asegura que bien se podría sustituir este reloj por uno eléctrico, libre de mantenimiento y más preciso, es importante cuidar el actual por ser un patrimonio y por el significado que guarda.

Lo ejemplifica con uno de los relojes más famosos del mundo: El Big Ben de Londres, el cual está sometido a una restauración millonaria. “Bien se podría sustituir por uno eléctrico, pero no lo hacen porque es un patrimonio para la humanidad”, explicó.

“Este reloj es mi pasión, es parte de mi vida y también es un recordatorio del trabajo que mi padre hizo atendiéndolo hace más de 40 años. Estoy comprometido a cuidarlo, si me dan la oportunidad de hacerlo”, concluyó.

Por más de ocho años, desde la restauración, Velásquez llegó todos los días a dar cuerda al reloj y supervisó sin recibir pago alguno.