Mynor Hernández Fernández

El daño colateral que ha dejado la pandemia del Covid-19 es muy difícil de contabilizar porque mucho de él está en procesos sociales que no son binarios. La desmovilización social es catastrófica y las hienas lo pudieron olfatear rápidamente lanzándose con todo sobre su presa.

Uno de los últimos bastiones estaba en la Universidad de San Carlos que cargaba con el estigma de sus dos recientes rectores guardando prisión, acusados de tráfico de influencias, dejando la puerta abierta para urdir una trama de elección del nuevo totalmente alejada del espíritu universitario. Pero no fue este rector el que inventó la estratagema electorera, sino que más bien la perfeccionó y se hizo con el cargo en medio de tibias protestas que no prosperaron porque los San Carlistas no se han percatado que el problema lo tienen adentro, no viene de afuera.

Ciertos colegios de profesionistas, profesores y estudiantes de varias de las facultades de la USAC han sido quienes votaron a favor del cuestionado rector con lo cual cumplieron a cabalidad el guion dictado desde fuera. Lo demás ya lo sabíamos. Rápidamente cumplieron con la orden de volver a elegir al delegado titular ante la corte de constitucionalidad, a medida. Luego, le dieron posesión del cargo al nuevo rector por medio de una reunión virtual del consejo superior (todos los nombres propios de instituciones los escribo con minúsculas, no por error de ortografía, que conste).

Atrás quedaron las memorables jornadas de protestas ciudadanas en las cuales la comunidad universitaria iba como punta de lanza, hoy ni siquiera son capaces de revertir un proceso electoral a todas luces amañado porque la división carcome la solidaridad tradicional en la universidad del pueblo. Los ciber estudiantes de hoy están frente a una pantalla escuchando, algunas veces viendo, a un ciber profesor que traslada conocimiento en forma de tareas.

Lo que no lograron las dictaduras lo vino a hacer un bicho, pero porque encontró las condiciones ideales provocadas por muchos años de anomia social de los universitarios que se conformaron con escuchar la palabra reforma. Una comunidad que vio indolente cómo los procesos electorales para elegir a sus autoridades se comenzaron a parecer a los que se veían afuera con los cargos públicos. Y que muchos de sus votantes acudían a las urnas a cambio de unos chicharrones.

Nos tienen en el lugar que querían. Dentro de las ciber aulas, hablando desconectados de la realidad social. Así, una elección como esta iba a pasar sin mayor sobresalto sirviendo de epitafio a una universidad que resistió el embate de la guerra, pero no pudo ser capaz de reinventarse para la época de la paz.

“Atrás quedaron las memorables jornadas de protestas ciudadanas en las cuales la comunidad universitaria iba como punta de lanza”