Parece que el fenómeno de la feria tuvo origen en la Europa Medieval. En Guatemala, aunque hasta ahora no existe consenso, algunos historiadores coinciden en que ha sido Chinautla, actual municipio del departamento de Guatemala, donde en 1550 se inició la primera feria en apoteosis a la Virgen de la Asunción.

Daniel Matul Morales / La Prensa de Occidente – Ilustraciones Marvin Vásquez.

Pues bien, sucede que tal actividad festiva, en la ciudad de Quetzaltenango, surgió en mayo de 1884, cuando la municipalidad de aquel entonces decidió “facilitar a los vecinos transacciones indispensables para proporcionar los medios de subsistencia y comodidad, solemnizando así, al mismo tiempo, el primer día de la patria”. Resolviendo su establecimiento anual los días 14, 15, 16 y 17 de septiembre, según Decreto Gubernativo del 17 de junio de 1884, del gobierno del general Justo Rufino Barrios.

Desde su origen, estas galas convocan al goce de nexos fraternos interculturales entre el vecindario y amables visitantes, en condición de celebrar la vida. En este sentido de encomiar la existencia, un tanto alejados de la parte racional-material de la festividad, nos proponemos compartir dos resueltas solemnidades que anidan en el añejo cuenco cultural de Quetzaltenango. Florecen en el pulso sentimental citadino para robustecer la energía vital frente a la dictadura y las fuertes emociones que encadenan la razón hispanoamericana, para escribir la belleza de la poesía, el cuento, la novela, a veces el teatro y el ensayo que acompasan la apasionada palpitación de la literatura.

Con fervor ciudadano, cada año el 13 de septiembre en Quetzaltenango honramos la trágica grandeza de los héroes de la Revolución de 1897. Hace ciento veinticinco años el general José María Reyna Barrios, decidió prorrogar su periodo presidencial hasta el 15 de marzo de 1902, anunciando la implantación de la dictadura. El único recurso del pueblo fue asumir la rebelión en contra de la tiranía. En San Marcos la ciudadanía inició el movimiento armado y en Xelajú, la Junta Patriótica inició la sublevación. El 13 de septiembre los alzados de San Marcos y Quetzaltenango, toman los centros de poder político citadino. Conciencias generosas y desinteresadas, abrazaron la causa de la emancipación y altivas en armas desafiaron la ferocidad de los facciosos en el poder.

Dos almas luminosas, en plenitud de la más vasta cultura democrática, contribuyeron a abrir las compuertas de la revolución: Sinforoso Aguilar, dignísimo alcalde quetzalteco y el notable ciudadano, Juan Aparicio, unidos a pundonorosos patriotas, mujeres, adolescentes y estudiantes entablaron la lucha armada. Decenas de cuerpos sin vida cubrieron muchas de las calles de Quetzaltenango. Sin embargo, la perfidia, la traición y el indigno servilismo entregaron al tirano a los nobles Aguilar y Aparicio. Antes que doblar las rodillas ante la dictadura, fueron serenos a la cárcel y templados caminaron a la muerte, fueron fusilados. El 14 de septiembre los alzados en armas, tomaron la plaza principal de Quetzaltenango, y el 17 las autoridades de la municipalidad desconocen al gobierno: pocos días después, la traición cortesana del servilismo, volvió a levantar el lodazal de la dictadura, las manos cobardes del soborno apagaron la victoria de tan noble atrevimiento.

Así, la virtud de la lealtad traicionada y la victoria envenenada por la sombra de una nueva dictadura, impuso el miedo morboso en todo el país, organizando a cada instante, la sedición en contra de la democracia hasta convertirla en la dictadura de los 22 años, del licenciado Manuel Estrada Cabrera. La justicia no se envilece nunca, aunque sucumba siempre; la dictadura tuvo la triste gloria de vencerla. Aquí en Quetzaltenango, descansan los heroicos sueños de los vencidos que han dejado a los hijos de este ilustre pueblo la gloria que se desprende de sus cenizas inmortales.

Aquí descansa una de las derrotas de la libertad y permanece el recuerdo de la victoria miserable de la fuerza contra el Derecho. Así 13 de septiembre de 1897, un lúcido conglomerado revolucionario, hizo posible la filosofía de la libertad y devolvió la república a su legítima ontología, jornada gloriosa que hoy pervive en la memoria colectiva en 17 palabras: “El odio a los tiranos los hizo mártires y el amor a la libertad los hizo héroes”

No menos es el elevado carácter de las iluminadas justas de inspiración, emanadas directamente del corazón poeta, inaugurados hace cinto seis años para revelar los íntimos códigos de vida espiritual. Habría que decir que meditar acerca de la importancia de los Juegos Florales, por la profundidad y solidez de su trayectoria, siempre será ejercicio limitado. Solamente nos proponemos avizorar algunos aspectos de sus connotaciones mágicas, éticas, artísticas relacionales, antropológicas e históricas.

Sucede que, vivir la octogésima cuarta edición del fascinante certamen del verso, creado aquí, en Xelajú, ahora, bajo el reconocimiento universal de Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango, en buena medida, significa lucidez y creatividad de un pueblo que realiza el caudal de su destino, la sensibilidad de su alma cósmica en la perdurable corriente de su vida, incansable por mantener el diálogo entre encantamiento y mitología; tradición y simbología; mística y arte; arquitectura y estética, historia y poesía. En verdad, los juegos florales codifican historia local, nacional, centroamericana e hispanoamericana.

También, prometen el mérito superior, estético e imaginativo de Quetzaltenango, sus representaciones esenciales en diferentes épocas.  Por, sobre todo, significa, la anuencia ciudadana de conseguir, que toda esta inefable historia se manifieste en cada uno de nosotros, mediante intuiciones, ensoñaciones, sortilegios y deleites, en trascendencia del frio y prosaico economicismo de la vida material y materialista.

Por la magnitud de trabajos que año con año acoge la Comisión Permanente de los Juegos Florales Hispanoamericanos, también, personifica creación artística de miles de universos en complejidad de conocimientos, imágenes, fábulas, leyendas, alegorías y sucesos de vida, pues cada trabajo laureado o sencillamente copartícipe, incrementa notablemente el conocimiento hispanoamericano, desde el eterno Quetzaltenango.

En lealtad al propósito espiritual del universo, este conocimiento generado por los Juegos Florales, ilumina los caminos que nos permiten superar el histerismo del ego; nos reconforta en la comprensión de la finitud y la trans-finitud; nos anima a la reconciliación con el misterio; nos invita a la renuncia del ansía por la certidumbre; nos convoca a abandonar la esclavitud de los códigos mentales, descodificando nuestras conciencias, instándonos dejar de ser rehenes de la razón.

En esta misma partitura, la metódica de los Juegos Florales, equivale a restablecer enlaces con lo que podríamos llamar genealogía de lucidez, a fin de nutrir nuestra reflexión por Quetzaltenango, donde hallazgos y recuperaciones nos asombren al verificar que jamás este pueblo ha perdido su espíritu, como lo señalan aquellos que nos venden tragedias. No es para menos, cada vibración humana que ha hecho posible más de un siglo de inspiración, significa: llamamiento a la creación estética, al perfeccionamiento moral y a la intelección filosófica.

Innegablemente, los Juegos Florales de Quetzaltenango, de diferentes maneras, han inspirado a pueblos y culturas para continuar la lucha sin fin. Ha sido así como poetas, cuentistas, dramaturgos, ensayistas, novelistas, con sentimiento íntegro, fecundidad de ideas y hondura cultural, se han hechos presentes en nuestro Quetzaltenango, afanados por comunicar artísticamente la cultura de sus pueblos desde contextos originarios.

Es aquí donde podemos encontrar la función estético-comunicativa de los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango.  Año con año, develan los rasgos distintivos de cada creador participante, las dotes y capacidades de su espíritu, generando intercambios artísticos entre países; comunicación cultural entre naciones y, conocimiento entre colectividades sociales e individuos.

En rigor, aquí en Quetzaltenango, arte, palabra y escritura, en sus dimensiones maravillosas, constituyen auténtico arsenal poético-histórico-pedagógico, que nos ha ido construyendo como seres humanos, acercándonos a los sentidos y a los sentimientos, a los amores y a los desamores, a la vida y a la muerte, a la felicidad y al sufrimiento; a la nostalgia y a la aventura; a la negación y a la afirmación; al exterminio y a la génesis; a los dioses y a los demonios; Entonces, la pregunta sería: ¿Qué haríamos sin los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango, para acercarnos a otros mundos, para inventar otras realidades, para narrar, para contarnos la vida, para enseñarnos, para aprender desde lo conocido hasta lo desconocido?

Seguramente, cada obra artística condecorada cada 12 de septiembre en teatro municipal y artísticamente conversada al siguiente día, ante numeroso público asistente a la Biblioteca de la Casa de la Cultura, nos proporciona ideas integras y profundas sobre las diversas culturas y pueblos. Es así como el talento de cada artista, atesora historias de pueblos, naciones, individuos, de la propia tierra; más completas, que ciertos volúmenes saturados de cifras y datos.

Así entendida, la justa literaria podemos concebirla de manera multifacética y polivalente. Por ejemplo, podemos discutir sobre historia y poesía, verificando que para nada son contradictorias, como se nos ha hecho creer. El primer trabajo premiado de los Juegos Florales en 1916, fue: Canto a Minerva, de Osmundo Arriola. Si nos fuéramos a otras épocas, como la de los 10 años de la primavera democrática 1944-1954, encontraremos poesía de esperanza como la de Otto Raúl Gonzáles, o Werner Ovalle López. Ambos fueron ideólogos del grupo Saker Ti, y ganadores de los Juegos Florales en 1947 y 1949 y 1948, 1950 y 1958, respectivamente.

En contextos difíciles como la represión iniciada abiertamente en la década de los setenta, cobra relevancia Otoniel Ovalle Caseros, con el laudo floral: En la Patria del Gusano. Ya entonces, el modernismo va siendo superado por un tipo de poesía que absorbe realidades para construir inéditos universos que intiman al poeta con el público lector, en lo que podríamos llamar realismo social. Por esto y mucho más los Juegos Florales Hispano Americanos, deben de estar en el primer orden de la agenda de la educación, cultura y arte de nuestro municipio. Deben de permanecer en las mentes y corazones de estudiantes y profesores de la ciudad, desde el nivel parvulario hasta el universitario, pasando por la educación media.

Estamos llamados a prestar nuestro concurso a la inmensa Comisión Permanente de los Juegos Florales, que dignamente nos representa en Hispano América, como pulso comunicativo humanista, promoviendo, preservando y difundiendo la identidad espiritual de este querido rincón. Exitosamente ha situado en el escenario internacional, los valores espirituales de Quetzaltenango. Igualmente, nuestro centenario certamen, no puede adquirir connotación de solemnidad, sin la substancia de la crítica, teniendo en cuenta su original punto de partida, puesto que enfrentamos un cambio de civilización y en este cambio civilizatorio los Juegos Florales Hispano Americanos no pueden quedar al margen.

Juntos, todo el vecindario de Quetzaltenango, cantemos alborozados: Vamos a construir los nuevos caminos del porvenir, con la poesía de la vida, con la poesía que nos dieron nuestros abuelos, porque sólo con la pauta del espíritu podremos caminar lejos, pero muy lejos.